Muchas son las veces que evito pasar por aquí a escribir para reprimir todo lo que siento y pasa por mi cabeza. No estoy bien: más bien, estoy peor... y en parte puede que sea culpa mía por haber dejado la medicación debido al sobrepeso que tengo (y que, por fortuna, ha cesado en su incremento y en unas tres semanas, ya he perdido cerca de tres kilos sin llegar a hacer ejercicio, pues no me siento con fuerza para ello). La ausencia de la medicación me hace más consciente de todo, vuelvo a recordar y todo se remueve y me doy cuenta de que nos son lo químicos los que me pueden solucionar el problema; al menos no más allá de lo que puede hacerlo el alcohol o cualquier otro tipo de droga.
Necesito expulsar todo lo que he vivido y sufrido. Necesito dejar la verdad de esa maldita historia que acabó por quebrarme del todo, sin importar que sea creído o no (los que se hayan topado con ese tipo de seres reconocerán los patrones).
Pero el pánico se apodera de mí cuando me siento pensando que es el momento de comenzar a escribir. No quiero volver a revivirlo e, irónicamente, si no lo expulso de alguna forma no habrá manera de que, con suerte, pueda recuperar algo de serenidad y cordura.
Hay cosas en las que no volveré a creer más: en la gente, en eso que llaman justicia y que tienen de justo lo mismo que las reglas del parchís.
La situación del país me exaspera cada día más y ver cómo la gente pasa de todo me dan ganas de explotar, de actuar de alguna forma, de crear un detonante o, simplemente, de rendirme ya a la putrefacción del mundo y quitarme del medio. Y sí, pienso mucho en hacerme daño de una u otra forma, pero están mis padres que llevan toda una vida preocupándose y no sólo sería un fracaso para ellos, también sería un castigo completamente inmerecido para ellos.
Mi brújula está rota y cada día estoy más perdido en este mundo, sintiendo cada vez más que soy un completo extraño en él.
No sé en qué acabará todo esto pero no preveo un buen final.

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