martes, 30 de septiembre de 2025

28 Años

 28 años. Ése es el tiempo que me separa de aquel adolescente que se lanzó a la aventura y decidió ir a un internado de un pequeño pueblo de Salamanca, todo para que un amigo suyo tuviera un apoyo al ir, puesto que sus padres ya habían decidido mandarlo. 

Hoy hace 28 años exactos, también en martes (pues curiosamente este año coinciden los días de la semana y las fechas tal y cómo fueron entonces).

Llegamos allí y recuerdo que no era para nada lo que el padre de Luis había descrito. Barracones de doscientas personas, con literas a lo militar, y más cosas que iríamos descubriendo luego y que nos harían pasar algunas penurias, aunque también grandes momentos gracias a la gente que allí conocimos. Recuerdo cómo escogimos nuestras literas sin preguntar a nadie, a Jorge y Justin, que se nos unieron. Luego dimos una vuela para inspeccionar el lugar en el que nos habíamos metido y, sentados delante de una pista de arena que simulaba ser un campo de fútbol (y que sigue en el mismo estado a día de hoy), comenzamos a recibir piropos desde las habitaciones en las que se encontraban las chicas. El comentario de mi amigo, que era como mi hermano en es momento (cosas de la adolescencia): "Lete, aquí nos van a comer..."

Pero no fue así. Sí, se pasaba hambre pues la comida la llevaba la Cruz Roja. Hay que aclarar que la mitad de los estudiantes, aproximadamente, eran guineanos y el colegio en sí mismo era algo solidario. 

Pasé grandes momentos ahí  y hubiera pasado muchos más de no haberme cruzado con Zara la noche del sábado anterior, ambos bastante borrachos, con ese comentario de "Ya estoy divorciada", que hacía alusión a una broma que mantenía con Juanma, en la que fingían ser matrimonio. Para ella él era sólo un amigo, pero él estaba muy enamorado de ella (cosa que yo supe después). 

Se me caen las lágrimas al recordar aquellos tiempos, todo lo que representaron para mí. Zara, mi primer amor (al menos el primero correspondido) y una gran amiga en años posteriores. Las tardes que pasé llorando por ella en la cama escuchando Enya. Las conversaciones con Aida. Todo eso fue después de mi fuga... También un 28, en este caso de noviembre, en el que me lancé a la aventura para estar con ella el día de su cumpleaños, pues mis sueños me mostraron nuestra ruptura y me lancé a intentar evitarlo (pero el destino no puede cambiarse).

Son tantas historias en tan poco tiempo, tantas sensaciones... Lo que para mí representa Armenteros es un recuerdo de quién era entonces: alguien capaz de hacer cualquier cosa, sin miedos, sin vergüenza... Alguien que jamás pensé que podría convertirse en el que hoy escribe esto desde su sofá, mientras aguanta las lágrimas y se odia por el ser en el que se ha convertido. Pero al menos viví, aunque ya me sienta muerto, o peor, sienta que estoy vivo por ese pozo de mi interior que ha absorbido toda mi energía y mi esencia. 

Intento volver a ser, volver a existir, no desear desaparecer... Pero me siento sin fuerza. Me apago. 

A aquel chaval de entonces que fui yo, sólo quiero decirle que gracias por darme tan buenos recuerdos con los que, al menos, sé que la vida puede llegar a ser algo que se disfruta y, valga la redundancia, merece ser vivida.

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